EL IDEALISMO ABSOLUTO DE HEGEL COMO SUPERACIÓN DE LA OPOSICIÓN ENTRE “SUJETO” Y “OBJETO”

EL IDEALISMO ABSOLUTO DE HEGEL COMO SUPERACIÓN DE LA OPOSICIÓN ENTRE “SUJETO” Y “OBJETO”

 


M. T.

Nosotros, los socialistas alemanes, estamos orgullosos de descender no sólo de Saint-Simon, de Fourier y de Owen, sino también de Kant, Fichte y Hegel. (Friedrich Engels, 1882)

I

El pensamiento filosófico de Hegel, en las últimas décadas, se ha tornado más ampliamente discutida y retomada. Después de una época imbuida en el pensamiento kantiano, traducido no solo en la filosofía sino también en las ciencias sociales y en los fundamentos del derecho, Hegel, que estaba a la sombra del conocimiento por su aparente “oscuridad”, ha retornado hacia la cima, hacia la crítica. Esto es positivo y negativo a la vez.

Es positivo porque tras la crisis de los fundamentos de las ciencias sociales tanto en su vertiente positivista, centrada en las presuntas virtudes del método científico, como en la que sigue servilmente cada una de las novedades de la moda “postmoderna”, el pensamiento de Hegel apertura una crítica radical de estos fundamentos de las ciencias sociales y de los presupuestos del operar moderno del pensar.      

Es negativo porque tras la difusión amplia del pensamiento de Hegel deviene inevitablemente en distorsión de su pensamiento, en la banalización de su valor por sus detractores. No quiero decir que debe haber solo una interpretación unánime u homogénea del pensamiento de Hegel, sino que en la distorsión y en la banalización se le otorga pensamientos a Hegel que nunca podría haber sostenido. Esto es, se han escrito mitos y leyendas en torno a Hegel, como bien refiere la publicación de Jon Stewart por la North-Western University Press (1996) con el título The Hegel mythis and legends. Pues, Hegel es tal vez uno de los filósofos menos leídos y más criticados.  

Franceses como Deleuze o Foucault lo ven como un archirracionalista, el oscuro extremo de la Ilustración. Filósofos de mentalidad inglesa, como Russell y Popper, lo consideran un oscuro místico totalitario, insidioso extremo del Romanticismo. Es curioso, desde luego, que pueda ser acusado a la vez, y de manera tan enfática, de dos tendencias directamente contrarias… Leszek Kolakowski, que lo considera un irracionalista, lo relaciona con los místicos alemanes Eckhart y Böhme y busca sus orígenes filosóficos en Plotino y Scoto Erígena. En plena euforia, Carla Lonzi, una feminista italiana por otras razones interesantes, ha titulado uno de sus textos Escupamos sobre Hegel, acusándolo de ser el máximo representante del racionalismo machista. (Pérez, 2010, p. 15)

Empero también en el ambiente filosófico se ha tenido y se tienen a “hegelólogos” respetables que han demostrado un conocimiento riguroso, elevado y profundo sobre Hegel y su pensamiento: Félix Duque, Ramón Valls Plana, Román Cuartango, Rubén Dri, Sergio Pérez Cortés, Jean Hippolite, Pierre-Jean Labarriere, Terry Pinkard, Robert Pippin, Ludwin Siep, Wolffang Bonsiepen.

La importancia de entender la relación entre sujeto y objeto nos conlleva a una discusión principalmente enmarcada en la filosofía moderna porque “la pregunta básica de la filosofía moderna no es por el Ser sino por el saber sobre el Ser” (Pérez, 2008, p. 16), esto significa que debe haber “alguien”, un sujeto que sabe el ser, el objeto.  

En la modernidad, el periodo histórico del siglo XVI, XVII y XVIII que apertura al capitalismo, el hombre busca con la razón fundamentar una teoría del conocimiento, esto es aún más necesario para ese contexto por la crisis del sistema social feudal y de sus conocimientos feudales: el geocentrismo, la religión, la monarquía, la servidumbre, etc. El sujeto ha emergido de la comunidad en el proceso de transformar su objeto de trabajo, su objeto de estudio, tal es así en el objetivo de acumular libremente más riqueza, tal es así en el propósito de investigar, experimentar y opinar libremente. Es en este contexto la contradicción entre el sujeto y el objeto, entre el saber y el ser, el para sí y el en sí, la certeza (Gewissheít) y la verdad (Wahrheit), entre libertad y necesidad se torna más agudo, más extremo. Esta oposición entre sujeto y objeto se presenta en los planteamientos de los filósofos modernos, tal es así en Descartes, Hobbes, Berkeley, Locke, Hume, Wolff, Kant, etc. Esta oposición, en su forma dual, es falsamente abstraída de una realidad que objetivamente no es así, una realidad en el que el sujeto y el objeto no son sino aspectos opuestos de una misma unidad.

Esto va a tener sus consecuencias económicas, éticas y morales, pues, la concepción del hombre en relación a la naturaleza, la relación entre sujeto e historia, la contradicción entre individualismo y colectivismo y demás tiene que ver con este asunto. Y desde el idealismo alemán, con Fichte y Schelling, sobre todo, van a pretender superar esta dicotomía entre sujeto y objeto, entre fenómeno y noúmeno; no obstante, será con Hegel con quien se logre una superación, al menos ideal e inconsecuente hasta cierta medida, de esta dicotomía que posteriormente va a servir de fuente al marxismo.

Dicho lo anterior, voy a pasar a proponer los objetivos del presente artículo: El idealismo absoluto de Hegel como superación de la oposición epistémica entre “sujeto” y “objeto”. Primero, exponer el pensamiento filosófico moderno en lo que respecta a la relación entre sujeto y objeto en la teoría del conocimiento, sobre todo en Kant, porque en nuestra consideración es el mayor exponente y último de la filosofía moderna como tal y el primero en dar los fundamentos para su superación. Segundo, realizar un breve resumen del pensamiento filosófico del idealismo alemán de Fichte (idealismo subjetivo o filosofía de la deducción de las representaciones) y Schelling (idealismo objetivo o idealismo trascendental) en lo que respecta a la relación entre objeto y sujeto. Tercero, versar sobre el idealismo absoluto de Hegel como superación de la oposición epistémica entre sujeto y objeto. 

II

El sujeto y la subjetividad son un descubrimiento de la modernidad. Por esa razón no se podría hallar este sujeto cognoscente, como “verdad clara y evidente” en el decir de Descartes, en otra sociedad que sea anterior a la moderna. Pues, conceptos “simples” y “puros” como cogito ergo sum o apercepción pura trascendental, de Descartes y Kant respectivamente, han aparecido, como productos netos y necesarios de la modernidad. Por eso mismo con razón va a sostener Benjamín Constant que el individuo es tal no en la antigüedad, sino en la modernidad[1].

Es, sin embargo, Kant quien va a determinar al sujeto como actividad central en el proceso del conocimiento en un nivel más elevado[2] –al menos en este aspecto- que sus antecesores, por encima del “racionalismo dogmático” y el “empirismo relativo”[3] o escéptico quienes venían considerando al sujeto aún como actividad pasiva del conocer. A esta hazaña, a este giro del conocer de importancia trascendental, Kant la ha denominado: “revolución copernicana”[4].

Qué pretendía, en última instancia, Kant con este “giro copernicano” o con el total de la KrV (Crítica de la razón pura). El principal objetivo de Kant es resolver la cuestión siguiente: “cómo ordenar las relaciones sociales en un mundo de hombres libres” (Pérez, 2008, p. 16). Y esto contiene dos problemas grandes de la filosofía moderna que –para Kant- aún no se han resuelto: la crítica de la “razón teórica” y la crítica de la “razón práctica”. Así entendido el asunto se puede sostener que la KrV es solo el inicio, el prólogo, las “condiciones de posibilidad” para el fundamento del saber práctico, de la libertad, de la moralidad. Esto es un tema aparte, pero lo exponemos para entender los efectos prácticos-sociales de un problema aparentemente abstracto.

Iniciamos. El sujeto no es una cosa, como en Descartes, para Kant, sino una función en la subjetividad trascendental[5]. El sujeto es una entidad moral, con libertad autolegisladora, racional, individual y soberana que es conocida no en sí misma, sino por sus efectos prácticos (así como Dios y el mundo). El sujeto no se deriva del “yo soy”, sino de la actividad ontológica de “crear” sus objetos para su conocer mediante los “conceptos puros a priori” (o más exactamente, el sujeto se deriva de la actividad de “organizar” o “legislar” los fenómenos que le son dados a sus sensaciones mediante “categorías” por el entendimiento[6]). En la misma línea, el objeto no ha de buscarse en el objeto mismo, sino en el sujeto al que se manifiesta. Ahora, la “unidad trascendental de la apercepción pura” es lo que permite que conozcamos las leyes universales y necesarias que rigen los objetos que nos son dados en la experiencia no empírica, sino en la experiencia posible en general. Las condiciones de posibilidad de toda experiencia de los objetos en cuanto fenómenos son el espacio y el tiempo que constituyen intuiciones a priori (Kant, 2005, p. 85).

En efecto,

para conocer un objeto se requiere que yo pueda probar su posibilidad (sea por el testimonio de la experiencia, a partir de la realidad efectiva del objeto, o a priori por la razón). Pero yo puedo pensar lo que quiera con tal de no contradecirme a mí mismo, esto es, cuando mi concepto no es sino un pensamiento posible. (KrV B XXVI, n).

Por último,

En el fondo, -dice Félix Duque (2002)[7]- Kant viene a decir algo similar al gran principio spinozista del paralelismo. Spinoza no dice que las ideas y las cosas sean lo mismo, sino que el ordo et connexio entre las ideas es el mismo que el ordo et connexio entre las cosas (p. 89).

Pasando a la crítica, desde ya, vemos en Kant, a diferencia de Hegel, a pesar del muy resumido contenido expuesto, que en su filosofía hay un uso expositivo personal o, mejor dicho, una exposición de la razón filosófica misma a través de Kant sobre las condiciones de posibilidad para el saber del Ser. Por eso, Hyppolite (1974) dice correctamente que la filosofía crítica de Kant


[n]o se trataba de que la consciencia común se criticara a sí misma, sino de que la reflexión del filósofo se añadía a esta consciencia. El entendimiento fenoménico, opuesto a la Naturaleza, era conducido en aquel caso por la reflexión filosófica al entendimiento transcendental que funda toda experiencia (teorética), como unidad originariamente sintética. El entendimiento, por tanto, pasaba a ser entendimiento objetivo. El filósofo descubría su identidad con la objetividad de los objetos. Así es como la experiencia se demostraba posible. (p. 11-12)

Kant al afirmar que el Ser es incognoscible (noúmeno) y que lo cognoscible no es sino los fenómenos, está reproduciendo el dualismo realista que había señalado entre “yo” y “cosa”, en Kant esto se presenta como un dualismo entre “subjetividad trascendental” y el “en sí indeterminado”.

Kant es sin embargo particularmente ambiguo respecto de la realidad de este en sí indeterminado en general. Por un lado, no puede decirse que sea real o existente, puesto que ambas nociones no son sino categorías. Ante esto lo que afirmó [Kant] es que lo en sí no es sino un mero límite: lo que quedaría si se "descontara" la acción de las categorías. Por cierto, este acto de "descontar" es imposible no sólo por razones empíricas: somos la estructura de la facultad de conocer; "descontar" esa actividad no es sólo quedarse sin objeto sino también sin sujeto. Esta versión de tipo epistemológico y meramente negativa en la que lo en sí no es algo sino un límite más allá del cual todo es inimaginable es hoy la versión estándar entre los kantianos.

Y esto sucede por la tremenda humildad que Kant se ha atribuido artificialmente a sí mismo para presentar una crítica de la razón pura antes de entrar a conocer la verdad, que es la reflexión del operar del pensar de forma a priori. Y va a continuar Hyppolite (1974) correctamente al señalar que

[p]recisamente porque aquella filosofía se proponía ser un· «examen crítico del entendimiento humano», se condena a sí misma a no poder superar su punto de partida. Así, pues, hay que dejar atrás el punto de vista crítico y, como ha hecho Schelling, partir de entrada de la absoluta identidad de lo subjetivo y lo objetivo en el saber. El saber de la identidad es lo primero y lo que constituye la base de todo verdadero saber filosófico. (p. 9) 

Los idealistas posteriores: Fichte, Schelling y, sobre todo, Hegel dirigirán críticas para el "desmantelamiento" kantiano de la ilusión dualista entre objeto y sujeto. Por eso mismo,

[Hegel] reprochaba al idealismo transcendental de Kant haber seguido siendo un subjetivismo, a despecho de la deducción de las categorías. En su principio, que es el de una filosofía solamente crítica, Kant no ha superado a Locke. «El pensamiento kantiano es fiel a su principio de la subjetividad y del pensamiento formal en cuanto que su esencia consiste en ser idealismo crítico» (Hyppolite, p. 9, 1974). 

Por último, es necesario señalar que la actitud de Hegel no es la negación simple e ingenua del pensamiento filosófico de Kant, pues, en “la Enciclopedia de las ciencias filosóficas, indica que la Fenomenología [en un primer momento] representa exactamente la posición de Kant e incluso de Fichte: «La filosofía kantiana es una fenomenología»” (Hyppolite, 1974, p. 11). Ya que

[e]sta distinción es característica de toda la Fenomenología o ciencia de la experiencia de la consciencia; no es sino la distinción sobre la que se basa toda teoría del conocimiento y, en particular, la filosofía transcendental de Kant, la distinción entre el sujeto y el objeto, entre el saber y el ser, el para sí y el en sí, la certeza (Gewissheít) y la verdad (Wahrheit). Es en esta última forma como Hegel la presenta las más de las veces. La consciencia es consciencia de un objeto que constituye su verdad y que se le aparece como ajeno, como otro distinto de ella; pero, por otra parte, la consciencia es consciente de su propio saber de esta verdad. Su saber se duplica con un saber de su saber, con una reflexión subjetiva que es la del sí mismo respecto del ser o la sustancia. La desigualdad entre estos dos momentos es el motor del desarrollo fenomenológico, el resorte de lo que llamamos experiencia. (Hyppolite, 1974, p. 521) (Subrayado por nosotros).

III

El pensamiento de Kant va a tener una influencia reconocida en el idealismo alemán, “pues, con la salvedad quizá del Schelling «maduro», el idealismo alemán no abandonó jamás las posiciones críticas, sintiéndose heredero legítimo del kantismo”. (Duque, 1998, p. 200)

Según los “idealistas críticos” (como denomina Félix Duque al idealismo alemán), sobre todo Fichte (Doctrina de la ciencia, 1794) y Schelling (Sistema del idealismo trascendental, 1800) el error de Kant fue

explicar las condiciones de posibilidad de la experiencia como si esa explicación no tuviera a su vez nada que ver con la experiencia (aquí es donde ejercieron su influencia las críticas de Jacobi, «Enesidemo» y Maimón), de manera que el mundo físico y el hombre que lo piensa y siente no resultaran en absoluto afectados por la explicación: como si se tratara de una inocua «reconstrucción racional» en la que se gozara el filósofo y el científico, mientras las cosas y los hombres «comunes» seguían su curso. No. La explicación habría de ser intrínseca; si se quiere, un autodespliegue o autoposición del Absoluto mismo (Duque, 1998, p. 202-203).

En lo que respecta al “en sí mismo”, derivado de Kant, va a considerar el idealismo crítico o idealismo alemán, que no es ni sujeto ni objeto, sino –si se podría decir- es la unidad Sujeto-Objeto “donde lo importante es el trazo («-») que indica la co-incidencia (no en vano defendieron los idealistas su posición como un Ideal-Realismus)” (Duque, 1998, p. 203).

Y sobre la relación entre sujeto y objeto el idealismo alemán va a sostener que entre estos

hay una identidad no excluida, no indiferente (en el que es lo mismo que el sujeto u objeto estén diferenciados sustantivamente en determinados momentos), “sino –como dirá Schelling- una identidad in-diferente (indifferents), esto es: que niega activamente las presuntas diferencias entre las esferas aparentemente enfrentadas y negativas una respecto a la otra, o sea –como dirá Hegel-: una negación de la negación (Duque, 1998, p. 204).

Así se puede notar que el afán principal del idealismo alemán, al menos de Fichte (incluso del último Fichte) y Schelling (incluso del Schelling maduro), es que estos buscan, como una suerte de imán, la Unidad a diferencia del dualismo kantiano, lo Absoluto a diferencia del agnosticismo kantiano, la superación de la diferencia.   

En resumen, la proposición del idealismo alemán es lo siguiente:

la «idea» no es nada «mental» o psíquico (de lo contrario, volveríamos a las andadas de los dos mundos enfrentados), sino el saber de la negación de la realidad; el saber de la negación que es la realidad. Por eso, el idealista crítico rechaza por igual la hipótesis de un mundo «mental» (nada más lejos del psicologismo que el idealismo) y de un mundo «físico» (nada tampoco más lejos del idealismo que el naturalismo o el mecanicismo). La Naturaleza no es una suma o agregado de cosas subsistentes de suyo, impenetrables entre sí y cerradas al Espíritu, como las piedras (hablando coloquialmente; el físico «sabe» que las piedras son campos efímeros de fuerzas interactivas). La Naturaleza es un continium de generación y corrupción en constante devenir y abierto al obrar moral, que vive de ella y contra ella. Y el Espíritu (que no la Mente) no es un inasible «algo interior», sino la «trabazón» de acciones (más «exteriores», imposible) que no son producto arbitrario de los hombres, sino que son acciones antropógenas, o sea: que hacen de los hombres seres humanos. (Duque, p. 202, 1998)

Empero al interior del idealismo alemán también hubo diferencias. Pues, la concepción ontológica de Schelling se oponía, tal es así en sus ensayos sobre filosofía de la Naturaleza, a la filosofía de la reflexión de Kant y Fichte. Además, el idealismo subjetivo de Fichte parte de un Yo absoluto abstracto y el idealismo objetivo de Schelling parte, bajo la influencia de Spinoza, de la unidad absoluta entre el yo y la naturaleza (puede verse para una interpretación hegeliana sobre este asunto el texto de Hegel Diferencia entre el sistema de filosofía de Fichte y el de Schelling). Sobre esto explicaremos más adelante.

En Fichte, en la parte de su Wissenschaftslehre en que hacer una «historia pragmática del espíritu humano» y que se denomina deducción de la representación, se halla un primer modelo de lo que será la Fenomenología del espíritu de Hegel (Hyppolite, 1974, p. 11-12).

A pesar de los propósitos de completar las limitaciones de la filosofía kantiana, tanto Fichte y Schelling van a ser criticados duramente por Hegel.

En esas dos obras [la de Fichte y Schelling] la autoconsciencia filosófica está ya presupuesta y esta historia, a pesar de que su intención era muy parecida a la fenomenología de Hegel, sigue siendo todavía bastante artificial. En cambio, Hegel trata mucho más de describir que de construir la consciencia común. El filósofo desaparecerá ante la experiencia que aprehende. Es realmente la propia consciencia ingenua la que hará su experiencia y de esta manera verá transformarse a su objeto y a sí misma. (Hyppolite, p. 12, 1974)

Pues, la reflexión en Hegel no es puesta desde fuera de la conciencia común (como en Kant, Fichte e incluso Schelling), sino ella misma alcanza ese momento. Por eso dirá Hegel sobre esto en la FEN que

no necesitamos aportar pauta alguna ni aplicar en la investigación nuestros pensamientos e ideas personales, pues será prescindiendo de ellos precisamente como lograremos considerar la cosa tal y como es en y para sí misma (Hegel, 57-58).

IV

La introducción a la Fenomenología del espíritu es importante porque en esta Hegel presenta el contenido metodológico del proceso de conocimiento que tendrá que asumir para describir, como asunción, no en primera persona –como Hegel- sino como conciencia natural, la experiencia de ella misma en su trance “desesperado” por devenir en lo Absoluto. “Hegel define en la introducción cómo se plantea para él el problema del conocimiento. Vemos cómo en cierto aspecto vuelve al punto de vista de Kant y de Fichte” (Hyppolite, 1974, p. 8).

Y, además, como en la Diferencia entre las filosofías de Fichte y de Schelling Hegel va dando sus primeros pasos para superar el pensamiento filosófico de Kant, Fichte y Schelling. Pues, “se caracteriza a la filosofía kantiana y fichtiana como una filosofía que no superó el punto de vista de la conciencia, ya que el espíritu, en ella, retiene la escisión entre sujeto y objeto” (Valls, 1994, p. 394).   Quizás, en una primera impresión, se podría notar que Hegel sigue humildemente lo sostenido por el joven Schelling, pues, frente a la visión escindida común a Kant y Fichte de la oposición entre la naturaleza, reino de la necesidad, y el ámbito de la libertad, entre sujeto y objeto, Hegel hizo suya la nueva filosofía de la identidad que Schelling estaba elaborando, y que entendía la naturaleza como animada por el mismo principio que actúa en el hombre, el espíritu, pero “estaba en realidad superándole, así también en este prólogo [de la FEN] –pero en esta ocasión con plena consciencia- se sitúa entre los filósofos de su tiempo y manifiesta su propia originalidad filosófica”. (Hyppolite, 1974, p. 7)

A diferencia de Fichte que buscó la clave de su explicación en un Yo previo a la intelección, que era voluntad incondicionada y constituía la realidad con su acto intelectivo, a diferencia de Schelling que arraigaba ese principio en la naturaleza, Hegel propuso un espíritu que daba sentido a los dos como autoconciencia que asumía las diferencias solo aparentes entre sujeto y objeto, entre libertad y necesidad, y proclamó que la función última de la filosofía era la supresión de esa diferencia por medio de la dialéctica, el método que podía captar el movimiento transformador de la realidad. De este modo, el transcurrir, la experiencia de la conciencia desde el saber empírico al saber Absoluto, desde la certeza sensible al saber filosófico es diferente a la deducción de las representaciones de Fichte y del idealismo trascendental de Schelling.  No obstante, las distintas producciones filosóficas anteriores a Hegel constituyen –para él- momentos de una unidad orgánica que, lejos de contradecirse, son necesarios. Esta necesidad es casualmente la que constituye la vida del todo; son momentos mutuamente necesarios, son los momentos reales del andar de la conciencia. Pues, se debe concebir la diversidad de los sistemas filosóficos como el desarrollo progresivo de la verdad, y no ver en la diversidad sólo contradicciones u oposiciones.

Continuando. Refiriéndose a la FEN dice Valls Plana (1994) que “toda la Fenomenología se dedica a corregir la relación entre sujeto y objeto para hacerlos coincidir en el saber absoluto, pero esta coincidencia no se demuestra” (p. 400). Y aclara Hyppolite (1974) que “la Fenomenología no es una noumenología ni una ontología, pero sigue siendo todavía un conocimiento de lo Absoluto, pues, ¿qué otra cosa podría conocerse si «sólo lo Absoluto es verdadero, o sólo lo verdadero es Absoluto»[8]? (p. 8). Entiéndase que “[l]a fenomenología de la consciencia no está junto al saber absoluto, sino que es «[u]na primera parte de la ciencia», porque es propio de la esencia de lo Absoluto manifestarse a la consciencia, ser él mismo autoconsciencia” (Hyppolite, p. 11, 1974). Por eso, desde la introducción a la FEN Hegel da a entender que

[l]a filosofía no es ni una lógica como «órganon» que trata del instrumento del saber antes de saber, ni un amor a la verdad que no fuera la posesión misma de la verdad. No, la filosofía es ciencia y, como defiende Schelling, ciencia de lo Absoluto. En vez de permanecer en la reflexión, en el saber sobre el saber, hay que hundirse directa e inmediatamente en el objeto a conocer, llámese éste Naturaleza, Universo o Razón absoluta (Hyppolite, p. 8, 1974).

Pues, la verdad solo es verdad dentro de un sistema, como expresión de lo absoluto. Lo que es verdad es el todo, no la parte, y la verdad está en movimiento mientras se consolida un momento del ser. La verdad aparece de distinto modo, puesto que, en sus distintos momentos, la relación entre el sujeto y objeto va a ser definida de distinta manera, porque van a ser diferentes en cuanto a su desarrollo conceptual (García, 2013, p. 2).

Hegel afirma que la verdad solo tiene, en el concepto, el elemento de su existencia. Eso contrasta con otras concepciones. Por ejemplo, si lo verdadero solo existiera como intuición o como saber inmediato de lo absoluto, la exposición de la filosofía sería lo contrario a la forma del concepto. Se pretendería aquí que lo absoluto sea sentido e intuido; así que lo expresado no sería el concepto, sino el sentimiento y la intuición. Por eso, verdadero debe aprehenderse y expresarse como sujeto y sustancia (objetividad). La sustancialidad implica tanto lo universal (la mediates del saber mismo), como aquello que es para el saber ser (o inmediatez). Ahora, la sustancia viva es el ser que en verdad es sujeto –es la verdad real en el lenguaje hegeliano–, pero sólo en cuanto es el movimiento del ponerse a sí misma, mediación de su devenir, otro consigo mismo, es ser consciente de que se es sujeto.

Aniquila Hegel la oposición absoluta entre saber fenoménico y saber Absoluto agudizada en el pensamiento kantiano [Schelling los identificó, pero no expuso sobre la relación entre ellos]. A diferencia de los embrollos de Schelling, Hegel nítidamente, y con superioridad al pensamiento kantiano y el idealismo alemán, va a plantear que el saber fenoménico es ya un saber Absoluto que todavía no se sabe como tal porque le falta recorrer el desventurado camino de la conciencia hacia el saber Absoluto como tal. “La manifestación o el fenómeno que es para la consciencia no serán, por tanto, extraños a la esencia, serán la revelación de ésta. Inversamente, la consciencia del fenómeno se elevará a la consciencia del saber absoluto” (Hyppolite, p. 10-11, 1974). Por eso mismo, “la ciencia, o saber absoluto, se muestra como verdad de todas las figuras de conciencia y, en el saber absoluto, se resuelve la escisión constitutiva de la conciencia entre objeto y saber” (Valls, 1994, p. 394).

Lo interesante es que contra Schelling, Hegel va a considerar que es imposible comenzar la experiencia de la conciencia por el saber absoluto. Pues, para Hegel lo

[a]bsoluto y reflexión[9] no seguirán separados, sino que la reflexión será un momento del Absoluto. Tal parece ser el sentido general de esta reintegración al punto de vista del Yo o de la consciencia en la filosofía de lo Absoluto de Schelling. Hegel quiso probar que el idealismo absoluto de Schelling [a diferencia de Schelling] era todavía posible si se partía no de la naturaleza, sino de la consciencia, del Yo, profundizando el subjetivismo de Fichte (Hyppolite, p. 11, 1974).

El que la conciencia natural se confíe de un modo inmediato a la ciencia es un nuevo intento que hace, impulsada no se sabe por qué, de andar de cabeza; la coacción que sobre ella se ejerce para que adopte esta posición anormal y se mueva en ella es una violencia que se le quiere imponer y que parece sin base como innecesaria (Hegel, 1966, 21). Con esta afirmación Hegel claramente se pone contra Schelling. Pues, no es posible empezar bruscamente por el saber Absoluto, rechazando las demás posiciones y sin querer saber nada más sobre ellas. Por eso Hegel en la exposición de la FEN empieza, como Kant y Fichte, desde la conciencia natural que en momentos su verdad no desarrollada va a tener que aceptar la distinción entre objeto y sujeto, sin embargo, el saber Absoluto, a diferencia de Kant y Fichte, no queda abandonado sino es el cauce ultimo del inevitable andar de la conciencia. La Fenomenología se describe como “historia científica de la conciencia” que engendra el concepto de ciencia. El comienzo de la Fenomenología no es, en sí mismo, absoluto (Valls, 1994, p. 394). Hegel cree que no hay otra manera de superar el spinozismo de Schelling que volver al subjetivismo de Kant y de Fichte. Lo Absoluto no estará ya entonces por encima de todo saber, será saber de sí mismo en el saber de la consciencia. (Hyppolite, p. 10, 1974). Lo Absoluto así entendido no será en su filosofía solamente substancia, sino también sujeto [que vive] (Hyppolite, p. 10, 1974).

Esta experiencia de la conciencia, como entiende Hegel, no es solo del sujeto, o de la conciencia, sino también del objeto mismo de la conciencia. La experiencia transforma el sujeto que está transformando al objeto que transforma, a la vez, al sujeto mismo. Podríamos decir que el sujeto transforma el objeto transformándose a sí mismo y en el caso epistemológico el sujeto conoce al otro conociéndose a sí mismo dialécticamente. La cosa no se reduce a su fin, sino que se halla en su desarrollo. No se reduce tampoco a su resultado, sino que es el todo real: es la unión con su devenir: El espíritu es una cosa. “Es necesario descubrir todavía que la cosa, siendo lo otro del espíritu, es, al mismo tiempo, su propio para sí” (Valls, 1994, p. 392).

Para complementar. El desarrollo de la conciencia presenta una necesidad en sí mismo. Su término no es arbitrario, una ocurrencia de Hegel, no es un presupuesto por el filósofo, sino que resulta de la misma naturaleza de la consciencia. (Una visión historicista. Una visión similar a Marx cuando trata sobre el comunismo).

V

En conclusión, Hegel apuntala por una nueva perspectiva epistemológica y ética donde el espíritu capta más aspectos de esa realidad, en el que va perdiendo su semblanza de enfrentamiento entre opuestos (alma-cuerpo, necesidad-libertad, finitud-infinitud, señor-siervo, sujeto-objeto...), para adquirir la estructura de un juego donde las contraposiciones no se destruyen en el enfrentamiento, sino que generan nuevas realidades, los distintos períodos históricos. Este proceso tiende a la autoconciencia, que es el estado en el que el espíritu se entiende omnicomprensivo, sujeto y objeto a la vez. Este proceso empieza con la conciencia, pasa por la autoconciencia y en la razón empieza a superar la individualidad para hacerse materia social en el espíritu objetivo[10], superado después por la religión y el saber absoluto (la filosofía), que aportan la visión holística culminante, en la que se unen sujeto y objeto, libertad y necesidad.

A diferencia de los empiristas y kantianos que compartían un modo de razonar analítico, basado en el entendimiento, la facultad mental que se limita a asignar las representaciones sensibles a las categorías generales de nuestra mente, formando conceptos; Hegel, frente a esta limitación, venía advirtiendo desde su escrito Sobre la diferencia entre los sistemas de Fichte y Schelling que tenemos otra facultad superior al entendimiento: la razón, que es capaz de captar el movimiento dialéctico de la realidad, como el de sujeto y objeto. Si el entendimiento es suficiente para pensar objetos finitos, para pensar la totalidad, necesitamos recurrir a la razón. A esta no le basta con distinguir y separar, sino que piensa a la vez en lo que en un momento puede ser distinto y en otro puede ser lo mismo, porque ambos estados son instantes de una sola dinámica. La razón entiende la unidad en la diferencia.

A diferencia de Fichte y Schelling, en Hegel el movimiento dialéctico de la conciencia natural hacia el saber Absoluto no es artificial, presupuesto, forzado, sino es el desarrollo “natural”, la experiencia necesaria, la historia inevitable de la conciencia por el camino del saberse a sí misma.  Pues, “la historia de la filosofía es la historia del descubrimiento de los pensamientos sobre lo absoluto”. (Enciclopedia de las ciencias filosóficas, Hegel)

Por un lado, Fichte elabora un Yo absoluto que es pura actividad (un todo “poner”) que no puede ser definido (sino tan solo como la tautología Yo=Yo). El problema del Yo fichteano –sostiene Hegel- es que es un sujeto desvinculado, sin contexto, sin situación, sin objetividad y en esa medida siempre hay algo que se oponga a este sujeto con el que tiene que actuar: el no-yo o el objeto externo al Yo. De esta manera Fichte no logra superar la dualidad entre sujeto y objeto. Por otro lado, Schelling imbuido por el pensamiento spinozista, pretende empezar artificial y bruscamente la experiencia de la conciencia desde el saber Absoluto. Por eso mismo se considera que “Fichte es todavía la tesis abstracta, no desarrollada, de la razón; el ditirámbico Schelling y su filosofía de la naturaleza son la esfera de las diferencias en brusca irrupción; la serie se cierra con el propio Hegel, como el fruto y el ojo abierto, como la filosofía absoluta que se ha vuelto hacia sí misma”. (Bloch, 1982, p. 136)

Por último, consideremos que

Hegel es un maestro del movimiento vivo contrapuesto al ser muerto. Su tema fue el yo que se abre camino hacia el conocimiento, el sujeto que se compenetra dialécticamente con el objeto, el objeto que hace lo mismo con el sujeto, lo verdadero que es lo real. Y la verdad no es nunca un hecho estancado o establecido, como no lo es tampoco el propio Hegel. La verdad, en cuanto realidad, es más bien el resultado de un proceso. (Bloch, 1982, p. 14).

BIBLIOGRAFÍA

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Valls, Ramón (1994), Del yo al nosotros: Lectura de la Fenomenología del espíritu de Hegel (3ª edición), Barcelona: PPU.

Bioch, E (1982), Sujeto-objeto. El pensamiento de Hegel, (2ª edición), México: Fondo de Cultura Económica,

García, R. (2013), Sujeto y verdad en el Prólogo de la Fenomenología del espíritu, de Guillermo Federico Hegel, Revista Espiga, 



[1] Véase De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, Discurso pronunciado por B. Constan en el ateneo de París en 1819.

[2] Félix Duque (1998) va a decir que la filosofía kantiana “se asienta notoriamente en el sujeto, recorta las pretensiones de éste de acuerdo con las tres preguntas en que se condensan “los intereses de mi razón”, es decir: 1) ¿Qué puedo esperar?; 2) ¿Qué debo hacer?; 3) ¿Qué me está permitido esperar? (Krv A 805/B 833)” en su Historia de la filosofía moderna (La era de la crítica), (p. 45), ed. Akal.

[3] Para el empirismo el sujeto no es sino intelecto, una calculadora que tiene voluntad, pero vacía.

[4] Véase el prólogo a la segunda edición de la Crítica de la razón pura de I. Kant. 

[5] Entiéndase que el sujeto o el Yo es un efecto de la actividad de la subjetividad trascendental. Por eso, siendo más rigurosos, es preferible usar subjetividad trascendental en vez de sujeto trascendental porque lo trascendental no es un sustantivo, sino una actividad de un en sí que no se conoce.

[6] Justus Hartnack (1977) va a decir en La teoría del conocimiento de Kant que el “entendimiento es la capacidad de emplear conceptos” (p. 43-44).

[7] La fuerza de la razón, Invitación a la lectura de la “Crítica de la razón pura” de Kant, 2002. Ed. Dykinson. 

[8] Véase la introducción a la Fenomenología del espíritu de Hegel, ed. FCE, p. 52.

[9] “La filosofía debe autofundarse con un movimiento intrínseco al saber mismo. No basta, por tanto, una reflexión exterior [a lo Absoluto]” (Valls, 1994, p. 394).

[10] Las dos primeras formas del espíritu, subjetivo y objetivo, son variantes del espíritu que no salen del ámbito de lo finito y, por tanto, en la medida en que tienen límites también los tiene su libertad. Solo del espíritu absoluto se puede decir que es absolutamente libre.

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